Habíamos acordado que el encuentro sería en el apartamento de Zuly. Todos la conocíamos desde pequeña, pero su casa nunca fue el centro de reunión. Para decir más, era la primera vez que entraba en ella. Tras cruzar el umbral, un gran can me recibió con sendos ladridos. Cállate, Champion, que si los vecinos se quejan nos botan de aquí, decía Zuly mientras intentaba alejar al enorme perro. Entra, nene; Champion no te va a hacer na', es que como no te conoce... Por lo demás, la casa era acogedora. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores: crema, marrón y terracota. En comparación con otros apartamentos del condominio, éste parecía tres veces más pequeño. Además de la pintura, lo primero que amarraba a la mirada era el sinfín de jirafas estratégicamente colocadas por toda la casa, según me confirmó mi amiga. Por último, lo único irregular allí eran las cuatro sillas plásticas en donde ya estaban sentados Roberto y Tito. Los saludé, y enseguida comenzamos a hablar de lo apaga'u que estaba Tego, del nuevo remix de Daddy Yankee, del recorte de Don Omar, etc. Todo bien hasta que la lengua de la conversación mencionó a Calle 13. A ninguno le gustaba el grupo. Mucho menos Residente. A mí me encantaban. Ahí empezó la discusión. Que si la música era una mierda. Que si René era un cafre. Que si a mí me gustaba, también lo era. Para entonces, había dejado de escuchar las críticas de mis amigos. No estaba para pelear. Entre el ajetreo de la universidad y el trabajo, nunca los veía.
Zuly me sacó del ensimismamiento cuando se levantó de cantazo. Me paré y la seguí por el pasillo; no fuera a ser que se haya molestado. Hey, ¿qué pasó? Ay, me asustaste, y agregó, vine a buscar dos abanicos de pedestal, porque con estas calores... La ayudé y en menos de cinco minutos, después de haber desenredado los cables, estábamos de regreso. Zuly conectó el abanico que cargaba y me indicó donde hacer lo propio con el mío.
En esa pausa, no pude dejar de notar lo cambiado que estaban todos. Tito, el Negro (como solíamos llamarlo) se cansó de las trenzas y decidió recortarse coco pela'o. Había aumentado más de diez libras, y vestía dos tallas por encima de su size. Roberto llevaba el pelo igual, una especie de afro bajito, y seguía siendo tan pálido como siempre, pero ahora tenía un canda'u que lo hacía ver como un violador. Además, con tal de exhibir su musculatura, y a su vez su nuevo tatuaje, solía andar en camisilla. Zuly, por su parte, decidió estirarse el pelo. Una pena porque, además de los dos grandes granos de café que llevaba por ojos, los rizos eran una de las cosas más bonita en ella. Seguía igual de trigueña, aunque tomó por costumbre eso de empolvarse la cara en exceso. Había adelgazado por consejo de su nuevo novio, Roberto. Éstos salían desde hace dos meses. Alcé la mirada, y el espejo delante de mí me devolvió una imagen que no reconocí al momento. Tenía el pelo largo y despeinado, unos espejuelos remendados con tape negro y unas ojeras que parecían permanentes. La barba, poco voluminosa, me cubría el rostro precariamente. Desde que comencé a estudiar, aumenté un par de libritas. Ya no jugaba basket, ni comía saludable. Todos habíamos cambiado.
Miré mi reloj y eran las 9:41 de la noche. Debía irme. Al otro día tenía una presentación y no había repasado mi parte. Mira, acaba y conecta el abanico. Lo enchufé, y volví a sentarme. Tan pronto las nalgas entraron en contacto con el plástico blanco de la silla, la noche se convirtió en tormenta. Por el balcón se podía ver cómo la Luna se refugiaba tras las nubes. Súbitamente, me sentí atrapado en esa selva sitiado por jirafas que servía de sala. Quise disipar la neblina del cielo, y me fui al balcón. Daba traspiés. Me preguntaron si estaba bien. No contesté. No quise hacerlo. No sabía cómo estaba. Me hallaba apoyado en la baranda del balcón cuando todo sucedió. Tres tipos con armas largas rodeaban a otros dos. Viré la cara y pude cruzar miradas con Zuly. Su cara de espanto debió ser reflejo de mi cara de espanto. Corrió hacia mí, se asomó y solo pudo gritar: ¡Puñeta, si esos son Goldo y Martín! Roberto y Tito se acercaron al instante.
Allá abajo, Goldo y Martín se encontraban estampados contra una verja. Zuly lloraba. El rostro de mi amiga era una crispación de dolor. Sin embargo, su llanto me calmaba. Un tiro hizo arrodillar los párpados de mi amiga. Giré la cara con brusquedad. Sentí que la detonación fue al lado mío. Allá abajo, en el Infierno, vimos caer a Martín con la cara destrozada. Por un instante, yo, que vivo en el piso 20, no supe qué hacía en el 5 presenciándolo todo a gran detalle. Goldo vio caer a su compañero y empujó violentamente a los sujetos armados. ¡Corre, Goldo!, dijeron al unísono Tito y Roberto. ¡Corre, Goldo!, dijeron entre risotadas los sicarios. ¡Corre, Goldo!, dijo el mismísimo Dios. Y Goldo se abrió paso entre la densidad de los gritos. Zuly lloraba en el piso desconsoladamente cuando sonó el segundo disparo. ¡Le dieron en la pierna!, bramó Tito. ¿Y dónde carajos están los del punto?, rabiaba Roberto a viva voz. Zuly protegió sus orejas del ruido. Para el tercer disparo, que fue en la espalda, Goldo dio media vuelta y cayó de bruces en el suelo.
Los matones se aproximaron al herido. Uno de ellos se encargó de ponerlo boca arriba a fuerza de patadas. Con el cuarto disparo, que fue a parar en la frente, dejaron al Goldo buscando su última Luna. Los asesinos desaparecieron, pero quedaron flotando los cuatro tiros. Uno para cada uno. Para Zuly. Para Tito. Para Roberto. Para mí. En ese momento, supe que no nos volveríamos a ver. Supe que no seríamos más amigos.