sábado, 20 de agosto de 2011

El nuevo día

Antes de abrir el periódico, notas que, a juzgar por la portada, hoy la cosa no anduvo bien. Pasas las primeras páginas, en donde el superintendente de la policía, junto al gobernador de turno, emiten declaraciones sobre unos revoltosos (mitad hippies, mitad okupas) que se apropiaron del lugar en el que estudian. "Hemos concertado que se han de tomar las medidas necesarias [...] con tal de regresarle la universidad al país", dice la cita que figura bajo la foto principal del reportaje. Y sientes que el café se hace amargo, como si hubiesen extraído el azúcar desde el fondo de la taza. No. Como si hubiesen vertido cien puñados de sal sobre la bebida aún humeante. Incluso así, optas por acabarla a culcúl. Y retornas a la lectura.

En su mayoría, las páginas siguientes tratan de anuncios de bancos, productos o telenovelas. La vista comienza a flaquear. Parpadeas. Al pie de cada página, juras haber observado el dibujo de dos hombres-palitos que se acercan, se acercan... hasta que terminan dedicándose sendas puñaladas. Parpadeas. Recuerdas que en tus libretas de escuela intermedia solías crear las mismas ilustraciones. Para mal, el café se hace bomba dentro del estómago. Es ahí cuando un titular te regresa la mirada: "Hombre asesina a su expareja y exhibe el cuerpo por Internet". Y otro: "Emboscada gansteril cobra dos vidas". Y otro: "Hallan los restos de madre e hijo en condominio de Carolina". Y otro. Y otro. Y otro.

Entonces golpeas las páginas; unas tras otras. Logras arrancar algunos pedazos. Entonces le devuelves los cantazos. Te defiendes.

Calmas.

Miras la hora. Adviertes que faltan más de veinte minutos antes de dirigirte hacia el trabajo. Todavía queda otro periódico por leer.

Hombrecito

Mami me enseñó a bajar la cabeza cuando pasara por el punto por si surgía un tiroteo. Papi no me aconsejó: estaba ocupado trabajando de guardia de seguridad por debajo de la mesa. Mami me enseñó que de vez en vez mirara de reojo por si alguien me seguía. Papi no lo hizo: estaba bebiendo porque era su día libre. Mami me obligaba a alzar la vista en el ascensor porque, si no lo hacía, parecería un miedoso. A papi le importaba tres carajos.

Hablando de él, aquel día le tocó buscarme después de las tutorías en la escuela porque llovía. Era su día de cobro. De camino a casa iba parándose en todos los liquor stores que encontrábamos con la excusa de mear. Se parkeaba, y, antes de dejarme en el carro, preguntaba si quería algo. Yo contestaba que no. Mami siempre dijo que no le aceptara nada cuando estuviera así; en vez de decir 'borracho' decía 'imprudente'. La cosa es que se tardaba, pero volvía con una heineken para él y una maltita para mí. Y con lo que me gustan las maltas...

Luego arrancaba hasta nuevo aviso. No hay na mejor que una cerveza pa seguir funcionando, repetía mientras ponía la bebida entre sus piernas. Yo bebía mi malta a pequeños sorbos. Para cuando la excusa de mear se inflaba demasiado, terminaba bajándome con él.

Ese día se paró en El Virao, cerca de Country Club. Allí una señora vendía pinchos de pollo y cerdo. Sin decirle nada, quizá me delaté por las miradas, me compró uno. Un pincho de pollo. Adentro pidió las bebidas. El pincho estaba bueno, pero el lugar no me gustaba. Los borrachines me observaban como queriendo decir qué carajos hace un mocoso aquí. No sé por qué me puse nervioso. Papi me pasó una malta, aunque yo creo que la tiró contra el piso. El líquido marrón salpicó mis medias. ¡Tú tienes las manos llenas e mierda?, gritó a todo pulmón. Por cada palabra proferida, una gotita de saliva se estrelló en mi cara. Estaba pasmado. Sentía las piernas pegajosas. Sentía el peso del mar en los ojos. Sentía la voz caliente de mami que susurraba algo ininteligible.

No recuerdo cómo terminé en el carro. Me parece que, después de pelearme, dio media vuelta y pidió otra cerveza. En eso debí aprovechar para regresar. Antes de mezclar su saliva con mis lágrimas, miré la hora en el dash: las 6:57 de la tarde. Creo que me quedé dormido porque el tiempo saltó, y cuando papi se montó eran las 7:41. Prendió el carro y no volvió a parar.

Cuando llegamos, los biombos de las patrullas coloreaban los edificios. A papi le importaba tres carajos. Después de encontrar parking, entramos al lobby como si nada. En el elevador una señora le contaba a otra lo que había ocurrido: pues, mija, que mataron a dos del punto. Papi apretó el 9. Las dos mujeres iban para el 16. Nos bajamos justo cuando la otra daba un sermón sobre lo malas que estaban las cosas. Jodias bochincheras, comentó papi tras bajarse. Caminamos por el pasillo hasta llegar al apartamento. Papi abrió. Mami estaba sentada en una silla del comedor, y me mandó para el cuarto. Cuando llegué, me puse a mirar el techo y a llorar un poco más. Escuchaba a mami. Dijo algo sobre separarse.

Esa noche el Padre la cogió libre.

domingo, 26 de junio de 2011

Cuatro por cuatro

Habíamos acordado que el encuentro sería en el apartamento de Zuly. Todos la conocíamos desde pequeña, pero su casa nunca fue el centro de reunión. Para decir más, era la primera vez que entraba en ella. Tras cruzar el umbral, un gran can me recibió con sendos ladridos. Cállate, Champion, que si los vecinos se quejan nos botan de aquí, decía Zuly mientras intentaba alejar al enorme perro. Entra, nene; Champion no te va a hacer na', es que como no te conoce...

Por lo demás, la casa era acogedora. Las paredes estaban pintadas de diferentes colores: crema, marrón y terracota. En comparación con otros apartamentos del condominio, éste parecía tres veces más pequeño. Además de la pintura, lo primero que amarraba a la mirada era el sinfín de jirafas estratégicamente colocadas por toda la casa, según me confirmó mi amiga. Por último, lo único irregular allí eran las cuatro sillas plásticas en donde ya estaban sentados Roberto y Tito. Los saludé, y enseguida comenzamos a hablar de lo apaga'u que estaba Tego, del nuevo remix de Daddy Yankee, del recorte de Don Omar, etc. Todo bien hasta que la lengua de la conversación mencionó a Calle 13. A ninguno le gustaba el grupo. Mucho menos Residente. A mí me encantaban. Ahí empezó la discusión. Que si la música era una mierda. Que si René era un cafre. Que si a mí me gustaba, también lo era. Para entonces, había dejado de escuchar las críticas de mis amigos. No estaba para pelear. Entre el ajetreo de la universidad y el trabajo, nunca los veía.

Zuly me sacó del ensimismamiento cuando se levantó de cantazo. Me paré y la seguí por el pasillo; no fuera a ser que se haya molestado. Hey, ¿qué pasó? Ay, me asustaste, y agregó, vine a buscar dos abanicos de pedestal, porque con estas calores... La ayudé y en menos de cinco minutos, después de haber desenredado los cables, estábamos de regreso. Zuly conectó el abanico que cargaba y me indicó donde hacer lo propio con el mío.

En esa pausa, no pude dejar de notar lo cambiado que estaban todos. Tito, el Negro (como solíamos llamarlo) se cansó de las trenzas y decidió recortarse coco pela'o. Había aumentado más de diez libras, y vestía dos tallas por encima de su size. Roberto llevaba el pelo igual, una especie de afro bajito, y seguía siendo tan pálido como siempre, pero ahora tenía un canda'u que lo hacía ver como un violador. Además, con tal de exhibir su musculatura, y a su vez su nuevo tatuaje, solía andar en camisilla. Zuly, por su parte, decidió estirarse el pelo. Una pena porque, además de los dos grandes granos de café que llevaba por ojos, los rizos eran una de las cosas más bonita en ella. Seguía igual de trigueña, aunque tomó por costumbre eso de empolvarse la cara en exceso. Había adelgazado por consejo de su nuevo novio, Roberto. Éstos salían desde hace dos meses. Alcé la mirada, y el espejo delante de mí me devolvió una imagen que no reconocí al momento. Tenía el pelo largo y despeinado, unos espejuelos remendados con tape negro y unas ojeras que parecían permanentes. La barba, poco voluminosa, me cubría el rostro precariamente. Desde que comencé a estudiar, aumenté un par de libritas. Ya no jugaba basket, ni comía saludable. Todos habíamos cambiado.

Miré mi reloj y eran las 9:41 de la noche. Debía irme. Al otro día tenía una presentación y no había repasado mi parte. Mira, acaba y conecta el abanico. Lo enchufé, y volví a sentarme. Tan pronto las nalgas entraron en contacto con el plástico blanco de la silla, la noche se convirtió en tormenta. Por el balcón se podía ver cómo la Luna se refugiaba tras las nubes. Súbitamente, me sentí atrapado en esa selva sitiado por jirafas que servía de sala. Quise disipar la neblina del cielo, y me fui al balcón. Daba traspiés. Me preguntaron si estaba bien. No contesté. No quise hacerlo. No sabía cómo estaba. Me hallaba apoyado en la baranda del balcón cuando todo sucedió. Tres tipos con armas largas rodeaban a otros dos. Viré la cara y pude cruzar miradas con Zuly. Su cara de espanto debió ser reflejo de mi cara de espanto. Corrió hacia mí, se asomó y solo pudo gritar: ¡Puñeta, si esos son Goldo y Martín! Roberto y Tito se acercaron al instante.

Allá abajo, Goldo y Martín se encontraban estampados contra una verja. Zuly lloraba. El rostro de mi amiga era una crispación de dolor. Sin embargo, su llanto me calmaba. Un tiro hizo arrodillar los párpados de mi amiga. Giré la cara con brusquedad. Sentí que la detonación fue al lado mío. Allá abajo, en el Infierno, vimos caer a Martín con la cara destrozada. Por un instante, yo, que vivo en el piso 20, no supe qué hacía en el 5 presenciándolo todo a gran detalle. Goldo vio caer a su compañero y empujó violentamente a los sujetos armados. ¡Corre, Goldo!, dijeron al unísono Tito y Roberto. ¡Corre, Goldo!, dijeron entre risotadas los sicarios. ¡Corre, Goldo!, dijo el mismísimo Dios. Y Goldo se abrió paso entre la densidad de los gritos. Zuly lloraba en el piso desconsoladamente cuando sonó el segundo disparo. ¡Le dieron en la pierna!, bramó Tito. ¿Y dónde carajos están los del punto?, rabiaba Roberto a viva voz. Zuly protegió sus orejas del ruido. Para el tercer disparo, que fue en la espalda, Goldo dio media vuelta y cayó de bruces en el suelo.

Los matones se aproximaron al herido. Uno de ellos se encargó de ponerlo boca arriba a fuerza de patadas. Con el cuarto disparo, que fue a parar en la frente, dejaron al Goldo buscando su última Luna. Los asesinos desaparecieron, pero quedaron flotando los cuatro tiros. Uno para cada uno. Para Zuly. Para Tito. Para Roberto. Para mí. En ese momento, supe que no nos volveríamos a ver. Supe que no seríamos más amigos.

sábado, 25 de junio de 2011

El tiro

Era un día normal. En la cancha de basket se juega un 1 pa' 1. Rubén contra Alberto. El score: 20 a 16 a favor de Rubén. ¿Hasta cuánto es?, dice Berto mientras le da check. Un 22, contesta Rubén. Desde los bleachers la voz de Josean se hace lugar: ¡la tengo!

Posesión de Rubén: recibe el check pass de Berto en la pompa. Hace un fake de tiro. Berto no se lo come. Pivotea. Rubén decide driblear. Se acerca al canasto de espaldas. Pretende postearse y acabarlo con un ganchito. Berto va perdiendo terreno. Ya ambos están en la pintura. Tírala, cabrón, grita Josean. Rubén hace un giro hacia la derecha, tira un fade away, y una detonación espanta a los pájaros posados en el poste, y encesta. Se acabó, celebra Rubén con los brazos en el aire.

Mamabicho, ¿no escuchaste el tiro?, dice Berto. El hermanito de Josean llega a la cancha con los pantalones mojados... Cuando pase el revolú, subimos, le susurra Josean al niño. Todos observan en dirección de los parquecitos que separan la torre I de la II. De allí vino el sonido. En los balcones comienzan a aparecer las primeras cabezas curiosas. Desde una ventana del piso 3, la madre de Josean y Pablito les grita que suban. ¿Qué habrá pasa'o?, cuestiona Rubén, y añade, cabrón, tu hermano se meó. Risas. Pablito se esconde tras Josean. Hablamos después que voy a subirlo. ¿Pero no la tenías?, pregunta Berto. Tengo que subirlo; después jugamos. Los hermanos toman el camino hacia la torre I.

¿Vas pa'l otro?, aventura Rubén. A lo que Berto responde: dale, un 22 na' más. Y comienza el juego.

Era un día normal.

sábado, 21 de mayo de 2011

Réquiem ante un fin de mundo

"Tras su muerte, he muerto un poco.
Como siempre. Como nunca."
-Autor inédito

...y se acabó el mundo. Al menos para una amiga de mami. El viernes 20 de mayo del año corriente, mientras estaba encerrado en mi cuarto, la voz quebrada de su hija dio el aviso. Supongo que la voz estaba quebrada. No la escuché. Pero sí lo estuvo la negación de mami («no..., no..., ¡no!»). Las preguntas de papi del tipo "¿de qué murió?" engordaban la tensión, como si así se pudiese despabilar el misterio que entraña la muerte... El que me conoce sabe que no brego bien (¿y quién sí?) bajo tales circunstancias. No me atreví a salir de mi cuarto, quizá temeroso de que la muerte aprovechara su venida y marcara conmigo un 2x1. No. Eso no. Quizá temeroso de no saber cómo reaccionar. Permanecer encerrado fue lo mejor. O eso creo.

Fui un bebé engreído, no muy diferente de lo que ahora soy. Pero, por ser un gordito irresistible, las personas más cercanas me acostumbraron a un carguete que mami no pudo sobrellevar. Recuerdo su voz, cuando cariñosamente me contaba que tenía que bajar hasta el apartamento nuestro con tal de atenderme en lo que mami limpiaba. Me atrevo a decir que fue de las que mejor me trató... Fue la primera en cortarme las uñas. Siempre me hablaba de eso porque la uñita del meñique creció curvada, y era ella la señora con 'mejor mano' para esas cosas. Pero crecí, y al desligarme de mami y sus salidas, también me alejé de su amiga. Debo confesar que no trato de ser cursi. Debo confesar que no me he sentido tan mal.

Me llaman al celular para hacerme una invitación. Yo solo respondo que murió la amiga de mami... la que me cargaba. Cuelgo con el llanto adentro. Y es que en su nombre vale la pena gastarse un par de clichés. Total, para lo que queda de mundo...

Online

Ya no muestra oposición. Deja de apretarle el cuello. Pálida, pero sigue siendo bella. Lascivo, la toca con los ojos. Lascivo, se acaricia por encima del pantalón. Para. Vino el recuerdo, las palabras: y me voy, porque no soporto más esta mierda. Ah, y pa' que te enteres: me tragué el bebé de otro. ¡Ja! Cuernú. El bebé de ot... Garras. Cuello. Espuma. Paz. No quiso matarla. Manosea la protuberancia de su barriga. Es mío, yo le di y le quité la vida, es lo justo, piensa.

Papá. Hay que avisarle.

Prende la computadora. Se conecta. El padre aparece conectado. Ver. Verse. Webcam. Los dos, padre e hijo. Más la mujer, tres. Más el bebo, cuatro. Muchos. El puntito de la cámara se llena de luz. Verde. Verde luz. Quizá papá vea bien, se dice, quizá papá vea; yo veo cuadritos, pixeles, un carajo; yo no veo. Papá apaga. Cabrón. Papá aparece desconectado.

Tumba las luces. Se acuesta al lado de ella. Privacidad, por favor. Erección, por favor. No más. De ahí no pasa. Sí pasa mucho tiempo. Tiempo mucho pasa sí. Luces apagadas. Él al lado de ella. En privado. Con erección. No más.

No más privacidad.

Quieren tumbar la puerta. Puta, por tu culpa. Besa la barriga de su mujer. Se para. Entra a facebook. Teclea sin prisa. Sin pausa. Ruido. La puerta cae. Entra la luz. Escribe lo que está en su mente. A lo que hemos llegado. No pudo darle share. Mucha luz.

El asalto

Estampado contra la pared, el gringo rubión transpira incesante.

—What da' hell do you want?! —gritaba intranquilo.

—No te hagas el pendejo o te pego los sesos al muro —contestaba el atacante.

—Take my wallet, my watch... take anything, for God's sake!

El cuadro duró unos segundos. Al fin, un disparo fracturó el silencio de la noche...

—A ver, volvemos desde el principio— tronó la voz cansada del hombre detrás de la cámara.